Temperatura ideal para la calefacción: grados, ahorro y confort

  • La temperatura de confort en casa se sitúa entre 19 y 21 ºC de día y 15–17 ºC de noche, ajustando algo más en bebés y mayores.
  • Cada grado que se sube por encima de 20 ºC aumenta el consumo entre un 7 % y un 10 %, mientras que bajarlo un grado puede ahorrar hasta un 10 %.
  • Regular por estancias, usar termostatos programables o modulantes y mejorar el aislamiento permite mantener el confort gastando menos energía.
  • En edificios públicos y comercios, la normativa limita la calefacción a 19 ºC y el aire acondicionado a 27 ºC para fomentar el ahorro energético.

Temperatura ideal para la calefacción

Cuando llega el frío y empezamos a pensar en encender la calefacción, aparece la misma duda de todos los años: ¿a cuántos grados hay que poner la calefacción para estar a gusto sin que la factura se dispare? Puede parecer una decisión menor, pero un solo grado de más o de menos marca una diferencia importante tanto en el confort como en el consumo.

Además, no hablamos solo de dinero: la temperatura de la calefacción influye también en la salud, en la humedad del aire y en la forma en que sentimos el calor dentro de casa, en el trabajo o en cualquier espacio cerrado. Por eso conviene ir un poco más allá del típico consejo de “ponla a 21 grados” y entender qué hay detrás de esas cifras y cuándo conviene ajustar hacia arriba o hacia abajo.

Temperatura de confort: qué es y por qué no hay una cifra mágica

Los expertos en eficiencia energética y climatización manejan el concepto de “temperatura de confort” para definir el rango en el que la mayoría de personas se sienten bien termicamente, sin frío ni calor y sin que el cuerpo tenga que hacer grandes esfuerzos para regularse. No es un número exacto, sino una horquilla de temperaturas.

La mayor parte de estudios coinciden en que, en invierno, la zona de confort térmico en interiores se sitúa entre los 19 y los 21 ºC durante el día, siempre que vayamos vestidos de forma adecuada para estar en casa (ni en manga corta como en verano ni con abrigo puesto).

Investigaciones como las de la Norma 55 de ASHRAE o los estudios de la Universidad Técnica de Dinamarca concluyen que la conocida como temperatura neutra, en la que no percibimos ni frío ni calor, ronda los 20 ºC para una persona en reposo y con ropa de abrigo moderado.

Sin embargo, hay varios factores que explican por qué no todo el mundo se encuentra cómodo a la misma temperatura: la cantidad de ropa, la grasa corporal, la edad, el estado de salud, el género o incluso el nivel de actividad física que realizamos en cada momento.

En general, las personas con más grasa corporal toleran mejor el frío, mientras que las más delgadas necesitan algo más de temperatura. Además, el cuerpo de las mujeres tiene mayor capacidad para cerrar los vasos sanguíneos de la piel cuando baja la temperatura, lo que ayuda a proteger los órganos internos pero hace que muchas veces sientan más frío en manos y pies.

Temperatura ideal para la calefacción en casa

Grados recomendados para calefacción en invierno

Aun sabiendo que cada persona tiene su punto de confort, las recomendaciones oficiales para viviendas coinciden bastante entre sí. Organismos como el IDAE y otras entidades especializadas sugieren mantener la temperatura de la calefacción entre 19 y 21 ºC durante el día cuando la casa está ocupada.

Este rango permite que la mayoría de la gente se sienta bien, evitando tanto el frío como un exceso de calor seco que resulte incómodo y caro de mantener. Con unos 20 ºC, y llevando ropa adecuada de interior (pantalón largo y jersey o sudadera ligera), no tendríamos por qué pasar frío.

Por la noche, la cosa cambia: para dormir, lo recomendable es bajar la temperatura a unos 15-17 ºC. El cuerpo tiende a reducir ligeramente su temperatura interna durante el sueño, y un dormitorio demasiado caldeado dificulta el descanso, reseca las mucosas y puede favorecer dolores de cabeza o sensación de “mente nublada” al despertar.

En el caso de bebés y personas mayores, que son más sensibles al frío, se aconseja un poquito más de temperatura: aproximadamente 22 ºC de día y entre 18 y 20 ºC de noche en sus habitaciones, siempre intentando no abusar para evitar ambientes excesivamente secos.

Un detalle importante es que, a partir de unos 23 ºC en interiores, el aire se reseca mucho más, aumenta el malestar general y se dispara el consumo energético sin un gran beneficio en términos de bienestar. Mantener la calefacción tan alta de forma continua suele ser innecesario si la vivienda está razonablemente aislada.

Temperaturas recomendadas según la hora del día

El cuerpo no necesita el mismo nivel de calor en todo momento, y tampoco la casa, así que ajustar la calefacción según el horario es uno de los trucos más eficaces para ahorrar sin perder confort.

Durante las horas centrales del día, cuando hay movimiento en casa, una temperatura de entre 20 y 22 ºC en salón y zonas comunes suele ser suficiente para sentirse cómodo, especialmente si aprovechamos la radiación solar subiendo persianas o cortinas.

Al caer la noche, cuando nos vamos a la cama, lo ideal es que los dormitorios se mantengan entre 16 y 18 ºC. Superar los 19 ºC para dormir puede empeorar la calidad del descanso, provocar sequedad en garganta y nariz y hacer que nos despertemos más veces.

Si la vivienda va a estar vacía durante unas horas (por ejemplo, cuando salimos a trabajar), es más eficiente bajar el termostato a una temperatura de mantenimiento de 15-17 ºC que apagar del todo el sistema. De esta forma la casa no se enfría demasiado y después no hace falta un esfuerzo enorme de la caldera o la bomba de calor para recuperar la temperatura.

En estancias como el baño, donde el contraste térmico es mayor al ducharnos, se puede subir temporalmente la temperatura a 22-23 ºC mientras lo usamos o usar un toallero eléctrico, pero no conviene dejarlo así todo el día para no derrochar energía.

Temperatura por estancias: no todas las habitaciones necesitan lo mismo

Una de las maneras más sencillas de ahorrar sin pasar frío es adaptar la temperatura a la función de cada estancia. No tiene sentido calentar al mismo nivel un dormitorio poco utilizado que el salón donde pasamos la mayor parte del tiempo.

En la cocina, por ejemplo, ya contamos con otras fuentes de calor (horno, fogones, pequeños electrodomésticos), así que suele ser suficiente con unos 18 ºC. Subir más los grados aquí es, en muchos casos, tirar el dinero.

En el salón, comedor o despacho, donde realizamos actividades más sedentarias como leer, ver la tele o trabajar, la franja de 20-21 ºC encaja bastante bien con las recomendaciones de confort y eficiencia.

Los dormitorios que solo se usan por la noche pueden mantenerse durante el día unos grados más frescos, alrededor de 17-18 ºC, y dejar que el edredón, una manta eléctrica y la ropa de cama hagan el resto cuando nos acostamos.

En espacios de paso como pasillos, trasteros, despensas o almacenes, no hace falta más de 17 ºC. Incluso podemos apagar los radiadores en estancias que estén siempre vacías, cerrando la puerta para no perder calor hacia ellas.

Para poder aplicar esta estrategia de forma cómoda, resulta muy útil instalar válvulas termostáticas en los radiadores, que permiten regular de manera independiente la temperatura de cada habitación. Es una inversión moderada que se compensa con creces en forma de ahorro energético y mayor control del confort por zonas.

Impacto de cada grado en el consumo: cuánto se puede ahorrar

El termostato no es un simple mando para “ponerlo un poco más alto porque tengo frío”. Cada grado extra por encima de los 20 ºC puede aumentar el consumo entre un 7 % y un 10 %, según cifras manejadas por entidades de eficiencia energética y compañías del sector.

Esto implica que, si una vivienda gasta alrededor de 100 € al mes en calefacción, subir de 20 a 22 ºC puede suponer hasta 20 € más sin que la mejora de confort sea tan grande en la práctica, sobre todo si estamos bien abrigados.

La buena noticia es que el ahorro funciona también al revés: bajar un solo grado puede reducir el consumo mensual hasta un 10 %. En una temporada larga de frío, esa diferencia se traduce en una cantidad muy respetable de dinero.

La mayor parte de los especialistas coinciden en que la calefacción es la partida que más peso tiene en la factura energética del hogar, entre un 40 % y un 60 % del total en los meses fríos. Por eso, pequeños cambios en la temperatura de consigna tienen un impacto directo y rápido en el gasto final.

Además de jugar con los grados, influye mucho cómo usamos los sistemas de control, como los termostatos programables o los termostatos modulantes, que permiten ajustar la potencia de la caldera o de la bomba de calor de manera continua en lugar de trabajar a golpe de encendidos y apagados bruscos.

Termostatos, sondas y control inteligente de la calefacción

Para aprovechar de verdad todo el potencial de ahorro, no basta con marcar una temperatura y olvidarse. El control de la calefacción a través de termostatos digitales programables y otros sistemas de regulación es clave para mantener un confort constante con el mínimo consumo posible.

Un termostato digital programable permite fijar diferentes temperaturas en función de la hora del día y de la presencia en la vivienda. Por ejemplo, podemos seleccionar 20-21 ºC cuando estamos en casa, bajar a 17 ºC por la noche y reducir aún más durante las horas en las que todos están fuera.

Los termostatos modulantes van un paso más allá: envían información continua sobre la temperatura ambiente a la caldera, de manera que esta ajusta su potencia de forma progresiva, sin grandes picos. Así se evitan sobrecalentamientos, se mejora el rendimiento y se alarga la vida útil del equipo.

También existen sondas de temperatura exterior que permiten que la caldera modifique automáticamente la temperatura de impulsión del agua de calefacción en función del frío que haga en la calle. Si fuera hace mucho frío, sube la temperatura; si el clima es más suave, la reduce, evitando gastar de más.

Equipos modernos de marcas reconocidas incorporan sistemas de conectividad WiFi y control mediante apps móviles, de forma que podemos encender, apagar o variar la temperatura desde el teléfono, así como programar horarios, revisar consumos o detectar posibles anomalías sin estar físicamente delante del aparato.

La caldera y su temperatura: un valor que debe ser flexible

Conviene distinguir entre la temperatura ambiente que marcamos en el termostato de la vivienda y la temperatura de impulsión de la caldera, es decir, a cuántos grados calienta el agua que circula por los radiadores o el suelo radiante.

Las instalaciones de calefacción domésticas suelen diseñarse tomando como referencia la temperatura mínima estimada del municipio. Eso significa que, incluso si en el exterior se alcanza esa temperatura mínima prevista, la vivienda debería mantenerse confortable con los parámetros de diseño de la instalación.

En la práctica, la mayoría de sistemas están algo sobredimensionados, por lo que en muchos momentos del invierno podríamos bajar la temperatura de la caldera sin perder confort. Si, por ejemplo, la caldera está configurada a 60 ºC para los días más fríos de febrero, quizá en marzo baste con 50 ºC porque la temperatura exterior ya no es tan baja.

La regla general es que la temperatura óptima de caldera es siempre la más baja que permita mantener el confort en la vivienda. Cuanto más baja sea la temperatura de impulsión, mayor eficiencia y menor gasto, pero si nos pasamos de recorte, notaremos que la casa no llega a calentarse lo suficiente.

Para no tener que estar pendiente de subir y bajar la temperatura constantemente según cambie el tiempo, las calderas actuales incorporan electrónica capaz de regular automáticamente estos parámetros. Gracias a las sondas exteriores y a los termostatos modulantes, el propio sistema ajusta la temperatura de impulsión según la demanda real y las condiciones climáticas en cada momento.

En combinación con termostatos inteligentes conectados a internet, podemos visualizar el estado de la caldera, programar franjas horarias en modo “confort” o “económico” y controlar el consumo casi al detalle, lo que facilita mucho la tarea de mantener la casa a una buena temperatura gastando lo mínimo imprescindible.

Sistemas de calefacción: bombas de calor y otras opciones eficientes

Además de las calderas de gas tradicionales, cada vez están más extendidas las bombas de calor aire-aire y aire-agua y las estufas de pellets, presentes en muchos equipos de aire acondicionado que también sirven para calentar en invierno gracias a su modo bomba de calor.

La gran ventaja de estos sistemas es que no generan calor desde cero mediante una resistencia eléctrica (como haría, por ejemplo, una estufa eléctrica), sino que transportan la energía térmica del exterior al interior aprovechando el principio de la refrigeración inversa. Esta forma de funcionar les permite ofrecer un rendimiento muy superior en términos de energía consumida frente a calor aportado.

De hecho, una bomba de calor eficiente puede ahorrar hasta un 80 % de energía en comparación con sistemas eléctricos directos como radiadores antiguos o estufas de resistencia, especialmente si incorpora tecnología inverter que regula la potencia de forma gradual.

Los modelos más modernos integran sensores de presencia y de temperatura por zonas que permiten dirigir el calor solo a las áreas ocupadas, evitando calentar espacios vacíos. De esta forma, se consigue un nivel de confort muy alto con un consumo ajustado y un control muy preciso de la temperatura, grado a grado.

En muchos casos, estos aparatos también pueden conectarse a la red WiFi del hogar y gestionarse a través de aplicaciones móviles específicas, programando encendidos, apagados, cambios de temperatura y horarios personalizados que se adapten a la rutina de cada familia.

Edificios públicos, comercios y normativa sobre temperaturas

En el caso de oficinas, edificios administrativos, centros comerciales, culturales y de ocio, la temperatura de la calefacción no es solo una cuestión de confort, sino también de normativa. Los planes de ahorro energético aprobados en los últimos años han fijado límites claros para estos espacios.

En general, se ha establecido que la temperatura máxima de la calefacción en estos edificios no debe superar los 19 ºC, mientras que en verano el aire acondicionado no debería bajar de los 27 ºC. Estas restricciones buscan reducir el consumo energético agregado del sector terciario sin comprometer en exceso el bienestar de trabajadores y usuarios.

En cuanto a la humedad relativa, se suele recomendar que se mantenga entre el 30 % y el 70 %. Es un rango amplio y, en la práctica, se cumple la mayoría de las veces, aunque puede variar mucho en función del tipo de edificio, del número de personas y del sistema de ventilación.

Estas medidas pueden dar lugar a debates sobre si hace demasiado frío o calor en ciertos espacios, pero reflejan una realidad: en grandes edificios, cada grado de diferencia implica un gasto enorme de energía, por lo que la regulación debe pensarse a escala global y no solo individual.

Trucos y hábitos para ahorrar calefacción sin pasar frío

Más allá de seleccionar bien la temperatura, hay una serie de hábitos cotidianos que ayudan mucho a reducir el gasto en calefacción sin necesidad de ir abrigado con el abrigo dentro de casa.

Uno de los más efectivos es aprovechar al máximo la radiación solar: subir persianas y abrir cortinas durante el día, especialmente en las fachadas soleadas, permite que el sol caliente de manera natural la vivienda. Por la tarde-noche, conviene bajarlas para retener ese calor el mayor tiempo posible.

Otro punto clave es el aislamiento. Ventanas con doble acristalamiento, buenos cerramientos, burletes en puertas y ventanas o mejorar el aislamiento de paredes y techos pueden reducir las pérdidas de calor hasta en un 30 %, lo que se traduce directamente en menos demanda de calefacción.

También ayuda mucho no apagar completamente la calefacción si solo vamos a salir un rato. En esos casos, es más eficiente bajar a una temperatura intermedia (por ejemplo, 17 ºC) que dejar que la casa se enfríe del todo y después tener que calentarla desde cero.

En cuanto a la ventilación, es recomendable abrir las ventanas solo unos 10 minutos al día para renovar el aire, preferiblemente con los radiadores cerrados mientras se hace. Si las dejamos abiertas demasiado tiempo, la casa se enfría en exceso y la calefacción tendrá que trabajar más para recuperar la temperatura.

Por último, conviene revisar periódicamente que los radiadores estén purgados y sin aire en su interior, no taparlos con muebles ni cortinas largas y evitar usarlos para secar ropa de forma habitual, ya que eso reduce su eficacia y obliga al sistema a trabajar más.

Con todo lo anterior, puede verse que ajustar bien la temperatura de la calefacción, aprovechar el sol, mejorar el aislamiento y usar sistemas de control inteligentes permite mantener una vivienda confortable con un gasto contenido. Mantener de día unos 20-21 ºC y de noche alrededor de 17 ºC, modulando por estancias y teniendo en cuenta la edad y el estado de salud de quienes viven en casa, ofrece un equilibrio muy razonable entre confort, economía y sostenibilidad, tanto en el hogar como en otros tipos de edificios.

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