- La prevención de lesiones deportivas se basa en combinar calentamiento, técnica adecuada, equipamiento correcto y progresión gradual de las cargas.
- Fisioterapia, fuerza, movilidad y una buena planificación de descansos reducen de forma notable las lesiones agudas y crónicas.
- Nutrición, hidratación y hábitos saludables refuerzan músculos, huesos y tendones, mejorando la recuperación y el rendimiento.
- La supervisión profesional y el respeto a las reglas del juego son claves para minimizar riesgos, sobre todo en niños y deportistas reincidentes.
La práctica deportiva forma parte de la vida de muchísima gente, desde niños que empiezan a correr detrás de un balón hasta adultos que se enganchan al gimnasio o al running. Lo que a veces se olvida es que cualquier deporte, por inocente que parezca, conlleva un riesgo real de lesión, y que la mejor herramienta para seguir disfrutando del ejercicio a largo plazo es la prevención.
Las lesiones deportivas no solo suponen dolor puntual: pueden cortar una temporada, obligarte a dejar de entrenar semanas o meses, alterar tu rutina de trabajo o estudio e incluso afectar al desarrollo de huesos y articulaciones en niños y adolescentes. Por suerte, con una combinación adecuada de calentamiento, técnica, equipamiento, buena planificación del entrenamiento, descanso, nutrición y apoyo profesional, ese riesgo se puede reducir de forma muy significativa.
Por qué es tan importante prevenir las lesiones deportivas

Las lesiones en el deporte pueden ser agudas (aparecen de golpe) o crónicas (se van gestando con el tiempo), pero en ambos casos tienen un impacto claro: pérdida de función, dolor, inflamación, freno al progreso en el entrenamiento y, a menudo, un golpe emocional por tener que parar algo que te motiva. Un esguince, una fractura por estrés, una rotura fibrilar o una tendinopatía no solo interrumpen tus planes, sino que pueden dejar secuelas si no se tratan y previenen adecuadamente.
Desde el punto de vista del rendimiento, un deportista que apenas se lesiona puede entrenar de forma más constante, con mejores sensaciones y con más margen de mejora. Además, la prevención disminuye el riesgo de recaídas: una rodilla que se tuerce varias veces, un tobillo que «baila» o un tendón de Aquiles que se inflama cada dos por tres acaban limitando el nivel al que puedes llegar.
En el caso de los más pequeños, una buena prevención evita problemas en el desarrollo óseo y articular. Los niños tienen el cartílago de crecimiento todavía abierto, lo que los hace más vulnerables a lesiones por sobreuso y sobrecarga en entrenamientos mal planificados. Adaptar la carga de trabajo a su edad y nivel es clave para que ganen fuerza, coordinación y masa mineral ósea sin hacerse daño.
Tipos de lesiones deportivas más habituales

Las lesiones pueden clasificarse, a grandes rasgos, en agudas y crónicas. Entenderlas ayuda a saber cómo prevenirlas y qué hacer cuando aparecen los primeros síntomas.
Lesiones agudas: son las que se producen de forma brusca, normalmente ligadas a un gesto concreto, una caída o un impacto. Ejemplos muy habituales son el esguince de tobillo, una distensión muscular al esprintar, una fractura por un golpe o una luxación de un dedo o del hombro.
Los síntomas más frecuentes de una lesión aguda son dolor intenso de inicio repentino, hinchazón rápida, dificultad o incapacidad para apoyar la pierna o mover la articulación afectada, sensación de inestabilidad e incluso deformidad visible si hay un hueso o una articulación fuera de sitio.
Lesiones crónicas: aparecen tras un uso repetitivo a lo largo del tiempo, con cargas mal gestionadas o técnica deficiente. En este grupo entrarían muchas tendinopatías, dolores de rodilla por sobrecarga, molestias en la tibia en corredores o dolores en hombro y codo en deportes de raqueta o lanzamiento.
En este caso, el dolor suele ser más leve pero persistente, puede aumentar durante el entrenamiento, continuar en reposo con una molestia sorda y acompañarse de inflamación o rigidez matutina. Si se ignora, el tejido se va deteriorando y la recuperación posterior se complica mucho más.
Entre las lesiones más habituales en la práctica deportiva, destacan esguinces y torceduras de ligamentos, desgarros musculares o de tendones, lesiones de rodilla, inflamación muscular, problemas en el tendón de Aquiles, dolor en la espinilla (síndrome de estrés tibial), fracturas y dislocaciones. Muchas de ellas tienen un componente prevenible directamente vinculado con el calentamiento, la forma física y la técnica.
Factores de riesgo: cuándo es más fácil lesionarse

Hay circunstancias que hacen que una lesión sea mucho más probable. Algunas causas son accidentes imprevisibles, pero muchas se relacionan con malos hábitos de entrenamiento o de vida que sí podemos modificar.
Entre los factores de riesgo más frecuentes encontramos no realizar un calentamiento adecuado, saltarse los estiramientos o hacerlos mal, usar material deportivo inadecuado, entrenar con una técnica incorrecta, no estar en buena condición física general, incrementar la carga de golpe o entrenar con fatiga acumulada. También influye el entorno (superficie de juego, iluminación, climatología) y, por supuesto, el hecho de no respetar las reglas ni al resto de jugadores.
En niños y adolescentes, entrenamientos mal planificados, volúmenes de juego excesivos para su edad, ejercicios demasiado complejos o exigentes y la falta de supervisión de entrenadores formados incrementan el riesgo de daños en huesos, cartílagos y tejidos blandos. El cartílago de crecimiento es un auténtico «punto débil» que hay que proteger adaptando cargas, descansos y tipo de ejercicios.
En deportistas adultos, tanto aficionados como profesionales, la reincorporación brusca tras periodos de inactividad (por ejemplo, después del verano o tras una lesión previa), el sobreentrenamiento sin descanso suficiente, el estrés, el sueño de mala calidad y una nutrición pobre también van minando la capacidad del cuerpo para tolerar las cargas.
Calentamiento y movilidad: la primera barrera contra las lesiones

Calentar bien antes de entrenar no es un capricho ni una pérdida de tiempo, es la base para preparar el cuerpo al esfuerzo que viene después. Un buen calentamiento aumenta la temperatura corporal, mejora el flujo de sangre y oxígeno a los músculos, activa el sistema cardiovascular y despierta la coordinación neuromuscular.
Para que sea efectivo, el calentamiento debería durar al menos unos 10-15 minutos, lo suficiente para empezar a sudar ligeramente sin llegar a agotarse. Puede incluir trote suave, ejercicios de movilidad articular, estiramientos dinámicos y gestos similares a los que se realizarán en el entrenamiento principal, pero a menor intensidad.
En muchos programas bien estructurados se distinguen dos partes: un calentamiento general, que mueve todo el cuerpo (carrera suave, saltos muy controlados, movilidad global), y un calentamiento específico, que se centra en las articulaciones y grupos musculares que más se utilizarán (por ejemplo, tobillos, rodillas y cadera en running; hombros, codos y muñecas en tenis o natación).
Junto al calentamiento, el trabajo de movilidad es el gran olvidado y, sin embargo, es clave para que el cuerpo se mueva con libertad y control. Mejorar la movilidad articular permite ganar rango de movimiento sin perder fuerza, facilita patrones técnicos correctos y reduce la tensión excesiva sobre ligamentos y tendones. No basta con dos estiramientos rápidos: conviene dedicar tiempo a movimientos controlados, rotaciones suaves, desplazamientos y ejercicios que integren varias articulaciones a la vez.
Al terminar la sesión, un periodo de «enfriamiento» de unos 5 a 15 minutos, con actividad suave (caminar, pedalear ligero) y estiramientos estáticos mantenidos sin rebotes, ayuda a reducir la rigidez, facilita la recuperación y disminuye la probabilidad de calambres y contracturas.
Estiramientos y flexibilidad: cuándo y cómo ayudan de verdad

Aunque el papel de los estiramientos se ha matizado con los años, seguimos sabiendo que una buena flexibilidad y un tono muscular adecuado son fundamentales para prevenir muchos problemas. Una musculatura demasiado rígida limita el movimiento y hace que las articulaciones sufran más en cada gesto.
Antes del ejercicio, los estiramientos más recomendables son dinámicos: movimientos controlados que llevan la articulación a diferentes rangos, sin mantener posiciones forzadas mucho tiempo. Esto ayuda a «engrasar» las articulaciones y a preparar el sistema nervioso para los gestos deportivos reales.
Después del entrenamiento o partido, es el momento de estiramientos estáticos suaves, manteniendo la posición unos 20-30 segundos sin llegar al dolor. Se trata de notar tensión pero no molestia intensa, y evitar los rebotes, que pueden dañar las fibras musculares o los tendones. En muchos centros de fisioterapia deportiva se observa que una gran parte de las lesiones frecuentes se asocia, al menos en parte, a una flexibilidad deficiente.
Es especialmente útil trabajar la flexibilidad en grupos musculares con tendencia al acortamiento, como isquiotibiales, gemelos, flexores de cadera o pectorales. Mantener estos músculos con un buen rango de movimiento mejora la mecánica de carrera, la postura y el uso eficiente de la fuerza en diferentes deportes.
Técnica correcta y progresión de las cargas
La técnica deportiva es otro pilar básico. Esforzarse mucho con una técnica mala es una receta casi segura para acabar lesionado. En deportes de impacto como fútbol, baloncesto o running, una técnica de carrera o de salto deficiente puede sobrecargar rodillas, caderas o pies de manera constante.
En disciplinas de raqueta como tenis o pádel, golpear de forma repetitiva con una mecánica errónea aumenta el riesgo de epicondilitis, dolor de hombro o lesiones cervicales. En el gimnasio, una sentadilla mal ejecutada, un peso muerto sin control de la espalda o una prensa de piernas con exceso de carga pueden castigar rodillas y zona lumbar.
Por eso, especialmente al empezar un deporte nuevo o al retomar tras tiempo parado, conviene dejarse guiar por profesionales formados: entrenadores, monitores acreditados, fisioterapeutas deportivos o readaptadores. Ellos pueden corregir posturas, explicar progresiones de ejercicios y adaptar el programa al nivel real de cada persona para minimizar errores.
Además de la técnica, la gestión de la carga manda. Aumentar de golpe el volumen o la intensidad de entrenamiento es una de las causas más frecuentes de lesiones por sobreuso. Lo más sensato es aplicar una progresión gradual, donde se incrementen poco a poco minutos, repeticiones, peso o velocidad, dejando al cuerpo tiempo suficiente para adaptarse.
En fuerza, elegir una carga demasiado baja no estimula lo suficiente y estanca el progreso, pero una carga demasiado alta multiplica la fatiga, obliga a compensar con mala técnica y dispara el riesgo de lesión y sobreentrenamiento. Escuchar al cuerpo, respetar los descansos entre series (por ejemplo, 2-3 minutos según el objetivo) y distribuir las sesiones a lo largo de la semana permite rendir mejor y de manera más segura.
Equipamiento, calzado y protecciones: más importantes de lo que parece
El material que utilizas también forma parte de la prevención. Un calzado inadecuado, ropa que limita el movimiento o la falta de protecciones básicas pueden ser la chispa que encienda una lesión que llevaba tiempo gestándose.
En el caso de las zapatillas, no se trata de comprar el modelo más caro, sino el que mejor se adapte a tu tipo de pie, pisada y deporte. Un desgaste muy marcado en una sola zona de la suela puede indicar mala técnica o una necesidad de valorar la pisada y, en algunos casos, recurrir a plantillas personalizadas. Un buen calzado ayuda a amortiguar impactos, estabilizar el tobillo y distribuir mejor las fuerzas; para corredores, consulta nuestra guía completa de ropa y zapatillas para correr.
La ropa debe ser cómoda, permitir que el cuerpo se mueva libremente y favorecer la transpiración. Entrenar con prendas que se clavan, tiran, se enganchan o dificultan ciertos rangos de movimiento favorece compensaciones y posturas raras que, a medio plazo, pasan factura.
En muchos deportes es obligatorio o más que recomendable utilizar protecciones específicas: cascos, espinilleras, coderas, rodilleras, muñequeras, protectores bucales e incluso protectores inguinales en determinados casos. Su función es reducir el impacto de golpes y caídas, especialmente en la cabeza, articulaciones y estructuras delicadas como la boca o los ojos.
En la farmacia también se pueden encontrar productos de ortopedia como rodilleras, tobilleras, muñequeras, fajas lumbares o calcetines de compresión que ayudan a estabilizar una articulación con antecedentes de lesión, así como cremas, geles y aerosoles calmantes para el dolor leve o la inflamación puntual. Siempre es aconsejable pedir orientación profesional antes de utilizarlos de forma constante.
Prevención específica en niños y adolescentes
Durante la infancia y la adolescencia, el deporte aporta beneficios enormes: mejora la coordinación, refuerza huesos y articulaciones, ayuda a controlar el peso e inculca hábitos saludables. Los estudios muestran que un estilo de vida activo reduce el riesgo de traumatismos graves a largo plazo, gracias al aumento de masa mineral ósea y a un aparato locomotor más fuerte.
Sin embargo, los más pequeños también presentan una «desventaja»: el cartílago de crecimiento. Esta zona, que aún está en desarrollo, es especialmente vulnerable a lesiones por sobreuso y sobrecarga. Entrenamientos demasiado intensos, poco variados o mal ajustados a la edad pueden provocar dolores persistentes en rodillas, talones, caderas o espalda.
Las lesiones más habituales en niños suelen estar relacionadas con miembros inferiores, esguinces, contusiones superficiales y afectaciones osteoarticulares. Muchas veces se dan en contextos de entrenamientos inadecuados, donde no se respeta la progresión, falta calentamiento o se intenta imitar rutinas propias de adultos.
Por eso es fundamental concienciar a padres y entrenadores de la necesidad de adaptar el entrenamiento al nivel y la madurez del niño. Hay que evitar sesiones interminables, volúmenes semanales excesivos o la repetición constante de los mismos gestos sin descanso suficiente. Escuchar las quejas de dolor, no forzar y dar valor al descanso son decisiones clave para cuidar de su desarrollo.
Programas y estrategias de prevención basadas en la evidencia
A nivel internacional, se han desarrollado programas específicos que han demostrado reducir de forma clara las lesiones en ciertos deportes. Uno de los más conocidos en fútbol es el programa FIFA 11+, diseñado tanto para jugadores amateurs como profesionales.
Este tipo de programas combinan ejercicios de calentamiento avanzado, activación neuromuscular, trabajo de fuerza del tronco (core), estabilidad de cadera y rodilla, propiocepción, coordinación y técnica de salto y aterrizaje. En el caso del FIFA 11+, se ha visto una reducción superior al 30 % en la incidencia de lesiones en aquellos equipos que lo aplican de manera regular.
En el mundo del running, la prevención se apoya en varios pilares: valoración de la pisada, fortalecimiento específico de tríceps sural (gemelos y sóleo), isquiotibiales y core, ajuste de la cadencia de carrera, mejora de la técnica y planificación cuidadosa del volumen y la intensidad. Todo ello disminuye la aparición de dolores de tibia, fascitis plantar, fracturas por estrés y sobrecargas de rodilla.
En deportes de raqueta, crossfit o actividades de alta demanda, suele ser útil un enfoque multidisciplinar que combine fisioterapia preventiva, readaptación física, educación postural y control de cargas y descansos. La clave es no limitarse a «apagar fuegos» cuando hay dolor, sino revisar de forma periódica el estado muscular y articular para adelantarse a los problemas.
Fisioterapia, masajes y seguimiento profesional
La fisioterapia deportiva no solo entra en juego cuando ya hay una lesión establecida. Su papel preventivo es cada vez más reconocido entre deportistas de todos los niveles. Un fisioterapeuta puede valorar tu movilidad, fuerza y patrones de movimiento, detectar asimetrías y zonas de sobrecarga, y proponer ejercicios correctivos a tiempo.
Los masajes de descarga regulares, especialmente tras periodos de entrenamientos intensos o competiciones, ayudan a eliminar tensión acumulada, mejorar la circulación y oxigenación de los músculos y mantener la musculatura más elástica. También son una ocasión ideal para identificar puntos gatillo o áreas que requieren atención extra.
En ciertos casos, se emplean herramientas como la radiofrecuencia, la electrolisis percutánea, la neuromodulación o técnicas manuales específicas para tratar zonas que muestran signos de irritación antes de que la lesión sea más seria. Complementar esto con una valoración biomecánica y un plan de trabajo individualizado marca la diferencia para quienes entrenan con alta frecuencia.
Clínicas con equipos multidisciplinares, donde colaboran médicos del deporte, fisioterapeutas, nutricionistas y readaptadores físicos, pueden diseñar estrategias integrales de prevención y rendimiento. Si practicas deporte de forma frecuente o has sufrido varias lesiones similares, este tipo de enfoque coordinado suele ser muy recomendable.
Nutrición, hidratación y suplementos en la prevención de lesiones
Lo que comes y bebes influye directamente en cómo se comportan tus músculos, huesos y articulaciones. Una nutrición adecuada favorece la recuperación muscular, mantiene el equilibrio de electrolitos, reduce la fatiga y modula los procesos inflamatorios que acompañan al entrenamiento.
Una dieta orientada al deportista debería incluir proteínas suficientes para reparar y construir fibras musculares, carbohidratos de calidad para proporcionar energía y ahorrar el uso de proteínas y grasas durante el ejercicio intenso, y grasas saludables (especialmente omega 3) que participan en la regulación de la inflamación.
Entre los micronutrientes más importantes destacan la vitamina D y el calcio para la salud ósea, el magnesio y el potasio para prevenir calambres y mejorar la función muscular, y la vitamina C junto con el colágeno y ciertos aminoácidos para cuidar tendones y ligamentos. Mantener niveles adecuados de estos elementos mejora la capacidad de los tejidos para soportar carga y repararse.
La hidratación juega un papel igual de crítico. Con el ejercicio se pierden líquidos y electrolitos a través del sudor, y no reponerlos de forma adecuada puede causar caída del rendimiento, mareos, calambres y un mayor riesgo de lesión. Beber antes, durante y después del esfuerzo en función de la duración, la intensidad y la temperatura ambiente es un hábito que conviene interiorizar.
En farmacias y centros especializados se pueden encontrar complementos de colágeno, magnesio, calcio, vitamina B y otros nutrientes que ayudan a mantener huesos, cartílagos, tendones y músculos en buen estado. Es importante, en todo caso, consultar con profesionales sanitarios o farmacéuticos para elegir el producto más adecuado y no pensar que un suplemento compensa una mala alimentación.
Descanso, gestión de cargas y escucha del cuerpo
Tan importante como entrenar es saber parar. El descanso es el momento en el que el cuerpo asimila el trabajo, repara tejidos y se hace más fuerte. Entrenar duro todos los días, sin días de recuperación, es una invitación directa al sobreentrenamiento y a las lesiones por fatiga.
Muchos deportistas que se preparan para eventos concretos o que desean perder peso tienden a pensar que «más siempre es mejor». Sin embargo, el cuerpo necesita días de menor intensidad o incluso jornadas completas de descanso, y es recomendable alternar el trabajo de distintos grupos musculares a lo largo de la semana para no castigar siempre las mismas zonas.
Durante el propio entrenamiento, respetar los descansos entre series según el objetivo (fuerza máxima, hipertrofia, resistencia, técnica) permite mantener una buena ejecución y no acumular una fatiga que lleve a errores de postura o coordinación. Algo tan sencillo como alargar el descanso un minuto cuando notas que «no llegas» puede evitar un tirón o una mala repetición.
Escuchar al cuerpo es clave. El dolor no es un detalle irrelevante que puedas ignorar sin más. Si aparece molestia intensa, inflamación, sensación de inestabilidad o cambios llamativos en una articulación o músculo, lo sensato es parar y valorar la situación. Seguir jugando o entrenando «a pesar de todo» casi siempre implica agravar el problema.
Ante una lesión, conviene consultar con un profesional sanitario cuando el dolor es severo, hay hinchazón o entumecimiento importante, no se puede apoyar peso, una lesión antigua vuelve a doler o notamos la articulación inestable o «distinta». Cuanto antes se haga una valoración adecuada, más fácil será tratarla y diseñar una vuelta segura a la actividad.
En caso de detectar dolor o inflamación leve después del ejercicio, en la farmacia se dispone de productos calmantes tópicos en forma de geles, cremas o aerosoles que pueden aliviar las molestias. Pero si los síntomas se repiten o empeoran, lo prudente es acudir al médico o fisioterapeuta en lugar de confiar solo en estos recursos.
Papel de las reglas del juego y el respeto a los demás
Más allá de la preparación física, las propias normas de cada deporte y el respeto entre participantes son una potente herramienta de prevención. Igual que los semáforos reducen los accidentes en la carretera, las reglas bien diseñadas ayudan a evitar choques y situaciones peligrosas en el campo.
Conocer bien el reglamento y aplicarlo implica, por ejemplo, no entrar al rival por detrás en fútbol, no lanzarse a las piernas, no golpear con el cuerpo en zonas prohibidas o no abusar de la fuerza en deportes de contacto. Seguir las indicaciones del árbitro y del entrenador, y evitar gestos antideportivos, reduce lesiones innecesarias.
También existen normas de seguridad que poco tienen que ver con marcar puntos, pero sí con cuidar a los demás. Un bateador de béisbol no debe lanzar el bate al correr, sino soltarlo de forma controlada para no golpear a nadie; un nadador tiene que comprobar que el espacio en la piscina está libre antes de tirarse de cabeza; en deportes de equipo, avisar (gritar «mía») evita choques entre compañeros.
Ser buena persona en el campo también cuenta: avisar a alguien de que lleva los cordones sueltos, comprobar tu propio equipamiento, ayudar a un rival que se ha caído o respetar los turnos son pequeños gestos que, sumados, crean un entorno más seguro para todos.
En el caso de los niños, es responsabilidad compartida de padres, entrenadores y personal de los clubes o colegios asegurar que todos llevan el material adecuado, que conocen las normas y que se detiene el juego cuando alguien se lesiona. De nuevo, es mejor parar a tiempo que lamentarse después.
Cómo reaccionar cuando ya ha aparecido una lesión
Por muy bien que hagamos las cosas, las lesiones a veces ocurren. La regla número uno ante una lesión es no aguantar el dolor y no forzar la actividad. Si en medio de un partido o un entrenamiento sientes un pinchazo, una torsión fuerte o una molestia que va a más, la decisión sensata es parar.
Continuar jugando puede agravar el daño y convertir una molestia moderada en una lesión grave que requiera semanas de recuperación. Es el típico caso del esguince que «no parece tanto» y acaba con rotura de ligamentos por no cortar a tiempo, o de una sobrecarga muscular que se transforma en rotura fibrilar.
Una vez detenido el ejercicio, es útil aplicar medidas iniciales básicas (reposo relativo, elevación, frío local en las primeras horas si está indicado) y valorar la necesidad de acudir a un profesional. Si la zona se hincha con rapidez, cuesta moverla, duele al apoyar o aparece deformidad, lo adecuado es acudir a un servicio médico sin demora.
Durante la fase de rehabilitación, es fundamental seguir el plan marcado por el médico o fisioterapeuta, respetar los tiempos de curación de tejidos y progresar poco a poco en fuerza, movilidad y carga. Volver demasiado pronto o saltarse pasos por impaciencia suele acabar en recaídas.
Además, las propias recomendaciones de muchos servicios de información sanitaria recuerdan que los contenidos divulgativos no sustituyen nunca la atención médica directa. Las decisiones sobre diagnóstico, pruebas complementarias o tratamientos específicos deben recaer siempre en profesionales sanitarios, y la responsabilidad de utilizar la información recae en el usuario.
La suma de todos estos elementos —calentamiento, movilidad, técnica depurada, equipamiento adecuado, planificación cuidadosa, descanso, nutrición, fisioterapia preventiva y respeto a las normas y al propio cuerpo— construye un escudo muy potente frente a las lesiones deportivas, permitiendo disfrutar del ejercicio de forma segura y sostenible en el tiempo; integrar estos hábitos en el día a día es la mejor inversión para seguir entrenando, compitiendo o simplemente moviéndote con salud durante muchos años.
Guía de compra
- 1 Por qué es tan importante prevenir las lesiones deportivas
- 2 Tipos de lesiones deportivas más habituales
- 3 Factores de riesgo: cuándo es más fácil lesionarse
- 4 Calentamiento y movilidad: la primera barrera contra las lesiones
- 5 Estiramientos y flexibilidad: cuándo y cómo ayudan de verdad
- 6 Técnica correcta y progresión de las cargas
- 7 Equipamiento, calzado y protecciones: más importantes de lo que parece
- 8 Prevención específica en niños y adolescentes
- 9 Programas y estrategias de prevención basadas en la evidencia
- 10 Fisioterapia, masajes y seguimiento profesional
- 11 Nutrición, hidratación y suplementos en la prevención de lesiones
- 12 Descanso, gestión de cargas y escucha del cuerpo
- 13 Papel de las reglas del juego y el respeto a los demás
- 14 Cómo reaccionar cuando ya ha aparecido una lesión



